Lo
sucedido fue para la Estrella cosa de un momento, pero el Espejo creyó
que había tenido un largo sueño, del que despertó siendo más humilde
y sabio. Y sólo entonces, cuando volvió a intentar expandir sus
reflejos, éstos salieron del cuarto y llenaron el Universo con millones
de estrellas, todas diferentes y agrupadas en mil formas distintas, que
se alejaban y acercaban entre sí en lenta armonía. Y el movimiento de
las estrellas evocaba el de los fragmentos, cuando trataban de unirse
para volver a ser un solo Espejo perfecto. Porque la perfección es Una.
En
el principio, cuando nada era como ahora, lo único que había era una
gran Estrella, tan luminosa que su luz parecía rodearla como las
paredes de un enorme cuarto blanco.
Y
la Estrella pensó que sería agradable ver su luz reflejada, así que
colocó un Espejo en el cuarto. La fuerte claridad lo sostenía por sus
cuatro lados, y lo iluminaba por todas partes. Y la luz se conocía a sí
misma en su reflejo. Era en verdad un Espejo muy especial, hecho por la
Estrella a su medida.
En
el mismo instante que la luz salía de la Estrella, era reflejada por el
Espejo, pues el Tiempo aún no había sido inventado. Y la luz era tan
intensa, que el Espejo brillaba tanto como la Estrella, y tan rápida,
que formaba un puente entre ambos, haciendo muy difícil distinguir la
Estrella del puente o del Espejo ; porque los tres brillaban como si
fuesen uno solo, dentro del enorme cuarto blanco.
La
luz reflejada por el Espejo era tan clara y tan pura como la que recibía.
Y el Espejo la devolvía toda, sin guardarse ni el más pequeño rayito,
ya que toda la luz le pertenecía y no sabía lo que era la escasez. Y la
Estrella amaba a su Espejo por ser tan fiel y tan honesto, y el Espejo
amaba a la Estrella por darle tanta luz y hacerlo tan hermoso como ella.
Y
así vivían felizmente juntos, el luminoso Espejo y la generosa
Estrella.
Y
sucedió que mucho, pero muchísimo después de haber sido colgado en el
cuarto, el Espejo pensó que siempre había estado allí. Y de esta
reflexión del Espejo nació el Tiempo, y lo primero que el Tiempo hizo
fue recordarle al Espejo que siempre le había dado luz a la Estrella. Y
el inocente Espejo pensó entonces que él producía la luz que
reflejaba. Y creyó cierta esa tonta idea, porque venía de él.
-
Ahora veo claro se dijo el Espejo, encontrándose a sí mismo muy inteligente, más
importante que la Estrella y capaz de separarse de ella. Y creyó que, sin la luz que él le daba, la Estrella no brillaría,
y el cuarto quedaría completamente a oscuras. Y en su orgullo comenzó
a balancearse, primero un poquito a la derecha, luego otro tanto a la
izquierda, después para arriba y para abajo, y luego hacia todos lados
a la vez, tratando de controlar su reflejo y de dirigir el chorro de luz
fueradel
cuarto, para dejarlo en tinieblas. Y de repente se despegó de la luz y
cayó, rompiéndose en millones de pedacitos.
Y
cada fragmento del Espejo se encontró a sí mismo solo y separado de
los otros, sintiéndose culpable por haberse caído, y muy asustado por
lo que había hecho. Y la Culpa y el Miedo lo hacían verse diferente.
Todos
los fragmentos miraron tímidamente hacia la Estrella, temiendo su
castigo. Pero ahora ninguno podía reflejarla por completo, así que la
imaginaron de diferentes formas, según la parte de la Estrella que podían
ver desde el lugar donde habían caído. Y comenzaron a pelear por ese
motivo, cada quien defendiendo su punto de vista, elevando sus vocecitas
chillonas. Y, en medio del alboroto, cada fragmento se halló por
primera vez reflejado en los otros, y encontró a sus hermanos muy feos,
viéndolos a través de sus bordes rotos. Por un momento todos callaron,
para luego gritar aún más fuerte. Y los pedacitos redondeados huían
de aquellos con puntas afiladas, y los de forma triangular miraban
recelosos a los de cuatro o más lados. Y todos gritaban cada vez más
para ocultar su miedo, y ninguno se creía igual que su vecino.
Y
la memoria de haber sido un solo gran Espejo se fue desvaneciendo en el
Tiempo, a la vista de tantas diferencias. Pero quedó la nostalgia. Y
los pequeños espejos comenzaron a agruparse de acuerdo a su aspecto,
triángulos con triángulos y óvalos con óvalos, colocando la
apariencia por encima de todo. Pero siempre quedaban espacios vacíos
entre ellos, no importa cómo se agruparan. Y muchos se sentían solos o
inconformes, aunque trataban de ocultarlo para no ser rechazados. Y cada
grupo se creyó el mejor y trazó fronteras para diferenciarse de los
otros, y los atacaba para defenderse. Y nadie quería a los fragmentos más
pequeños o deformes, aunque eran mayoría.
Y
por haberse caido, los espejitos mostraban ahora un lado brillante por
encima y otro más oscuro por debajo, y se creían compuestos de luz y
de sombra. Es verdad que algunos parecían más luminosos, bien porque
reflejaban la luz de otra manera, bien porque al caer quedaron sobre otro, y brillaban más gracias al
de abajo. Sin embargo, la Estrella los veía a todos semejantes, y sobre
todos derramaba por igual la misma amorosa claridad.
Pero
los fragmentos se veían a sí mismos diferentes de cómo realmente
eran, guiados por el reflejo mutuo, totalmente deformado por sus pobres
bordes rotos. Y creían lo que veían. Y llenos de miedo se atacaban y
se defendían, aproximándose a unos pocos para protegerse, buscando
siempre con quien encajar mejor. Y, sintiéndose incompletos, cada
pedacito usaba a los demás tratando de llenar la soledad que sentía,
pero sin querer cambiar. Y sólo deseaban seguir siendo como eran, pero
sin dolor.
Por
su parte, la Estrella seguía recordando a su Espejo como era antes de
la caída, por las muchas veces que se vió reflejada en él, y no quería
barrer sus fragmentos y sustituirlo por otro. Entendía que los pequeños
espejitos eran crueles y egoístas porque estaban asustados. Y su amor
la mantenía unida a cada fragmento por un pequeño puente de luz
refleja, delgado como un hilo. Y cada vez que los espejitos cambiaban de
lugar, se acercaban unos a otros y se relacionaban entre sí, sus hilos
de luz se cruzaban y unían sobre sus cabecitas, aumentando la claridad
con la que veían.
Y
eso era todo lo que la Estrella podía hacer por ellos, ya que el Espejo
había causado voluntariamente su caída, cuando creyó posible lo
imposible, y voluntariamente debía retornar a lo que había sido.
Porque la Estrella lo amaba, aún estando roto, y no podía obligarlo a
reflejar con amor su luz, si el Espejo no quería. Pues el amor no
obliga. Simplemente, es.
Entretanto,
la Estrella aguardaba sin prisas a que cada pedacito encontrase su lugar
dentro del inmenso rompecabezas, donde cada uno tenía un lugar especial
que llenar porque el Tiempo existía para el Espejo, no para la
Estrella.
Después
de numerosos intentos y combinaciones fallidas, luego de infinitas
experiencias dolorosas y esfuerzos aparentemente inútiles, poco
a poco, desde los fragmentos más humildes, desde aquellos que tenían
menos forma que perder, comenzaron a integrarse trozos cada vez mayores
del antiguo Espejo. Y, al verlos crecer, los triángulos, redondeles y
cuadrados encontraban cada vez más fácil dejar de estar solos.
Progresivamente, los fragmentos iban aceptando a otros de aspecto
diferente, ensanchando con ello sus grupos y sus puntos de vista, y al
encajar unos con otros aumentaba la claridad con la que veían, y crecían,
crecían, CRECIAN, dejando de ser ellos para ser más grandes. Y
comprendían que, al ayudar a los demás, se ayudaban a sí mismos.
Al
juntar borde con borde se borraban las diferencias, y veían más de sí
y de los demás. Y los hilos de luz que los mantenían unidos a la
Estrella se entrelazaban sobre ellos, formando cuerdas cada vez más
fuertes. Y las cuerdas iban tejiendo un puente, y por el puente
retornaba la memoria de lo que fueron. Finalmente, cuando el último
pedacito solitario encontró su lugar entre los otros, todos los
fragmentos unidos volvieron a mirar hacia la Estrella, pero esta vez sin
miedo. Y sobre ellos la palabra ETERNIDAD destelló por un fugaz
instante y desapareció, llevándose consigo al Tiempo. Y el Espejo
volvió a ser nuevamente el que había sido, en una sola pieza, y tan
radiante como la Estrella misma, reflejada de nuevo en todo su
esplendor.
Lo
sucedido fue para la Estrella cosa de un momento, pero el Espejo creyó
que había tenido un largo sueño, del que despertó siendo más humilde
y sabio. Y sólo entonces, cuando volvió a intentar expandir sus
reflejos, éstos salieron del cuarto y llenaron el Universo con millones
de estrellas, todas diferentes y agrupadas en mil formas distintas, que
se alejaban y acercaban entre sí en lenta armonía. Y el movimiento de
las estrellas evocaba el de los fragmentos, cuando trataban de unirse
para volver a ser un solo Espejo perfecto. Porque la perfección es Una.
Y
así es como de un Espejo roto y del amor de una Estrella nacieron todas
las luces del cielo, y esa es la razón por la que destellan y cambian de lugar constantemente.
Y
una estrella azul pequeñita, la tercera a partir de otra amarilla más
grande, al oír esta historia se vió reflejada en ella, y suspiró débilmente.
Y el Espejo oyó el suspiro de la estrellita y le sonrió amorosamente,
tomando su débil luz sobre él y devolviéndosela cargada de sabiduría,
una y otra vez. Y en cada ocasión un mensajero de esperanza nació en
el seno de la pequeña estrella, siempre nuevo, siempre el mismo,
repitiendo con paciencia su invariable mensaje de amor, mientras el
Espejo continuaba brillando eternamente a la luz de su Estrella.
Gustavo Löbig Martínez
Apartado
Postal 76241 El Marques 1070 Caracas - Venezuela.
Teléfono
:238.55.65
Alida Ottengo Esoterismo /
Tarot - Kabbalah
Los Arcanos Mayores del Tarot, son Claves o Arquetipos que nos conectan
directamente con el Inconsciente Superior, situado en las capas sutiles de la
Dimensión correspondiente a "los Senderos del Etz Ha Chaim o Árbol de
la Vida". Siendo este último, un Símbolo que representa el Espíritu de
Dios en el Hombre y en el Universo
.
Podemos comparar al Árbol de la Vida como el Átomo Divino, que se repite
infinitamente formando la Gran la Malla Crística, la cual arropa como un
Manto de Luz, a todo el Universo Celestial. Creación Universal de Dios Padre.
Los Senderos antes mencionado, son Canales de Comunicación, entre las 10
Sephiroth o Esferas, que se encuentran contenidas en El Árbol de la Vida,
interconectándolas unas con las otras.
Las 22 Claves del Tarot, conjuntamente con las 22 Letras Sagradas Hebreas,
que representan a los Elohim o Dioses Creadores del Universo, funcionan en
forma Arquetípica, dentro de cada uno de los 22 Senderos del Árbol,
conectándonos con las Puertas de la Supraconsciencia, donde se encuentra
manifestado el Espíritu de Dios en cada Ser .
Esto se logra por medio de un Trabajo Consciente y Especializado, a través
del cual alcanzaremos la Unión con "El Cristo Interno", primero en
nuestros Corazones, para después poder irradiarlo a toda la Tierra. De esta
forma contribuiremos con la Reconstrucción del " Edén o el Paraíso
Terrenal en el Planeta".
Este "Trabajo Iniciático" consiste en el equilibrio de "Los
Pares de Opuestos", o las dos Polaridades que existen desde el mismo
momento que se creó el Universo; cuando el Padre se polarizó en dos Grandes
Energías, para dar origen a toda su Creación. Esta Energía, Masculina y
Femenina, se encuentran también dentro de todos los Seres Humanos.
El Perfecto manejo de estas dos Fuerzas, conducen a la Ascensión de la
Energía por la Columna Vertebral, la cual corresponde al "Pilar Medio,
en el Árbol de la vida". Esto ocurrirá en el momento en que el Hombre
ya se encuentre preparado, para este proceso tan trascendental. Dándose así,
el paso final para obtener "Su Iluminación".