CUENTO DE : GUSTAVO LöBIG MARTÍNEZ.
LA ESTRELLA Y EL ESPEJO

Lo sucedido fue para la Estrella cosa de un momento, pero el Espejo creyó que había tenido un largo sueño, del que despertó siendo más humilde y sabio. Y sólo entonces, cuando volvió a intentar expandir sus reflejos, éstos salieron del cuarto y llenaron el Universo con millones de estrellas, todas diferentes y agrupadas en mil formas distintas, que se alejaban y acercaban entre sí en lenta armonía. Y el movimiento de las estrellas evocaba el de los fragmentos, cuando trataban de unirse para volver a ser un solo Espejo perfecto. Porque la perfección es Una.

 
 

                

CUENTO DE: GUSTAVO LöBIG MARTÍNEZ.

LA ESTRELLA Y EL ESPEJO

En el principio, cuando nada era como ahora, lo único que había era una gran Estrella, tan luminosa que su luz parecía rodearla como las paredes de un enorme cuarto blanco.

Y la Estrella pensó que sería agradable ver su luz reflejada, así que colocó un Espejo en el cuarto. La fuerte claridad lo sostenía por sus cuatro lados, y lo iluminaba por todas partes. Y la luz se conocía a sí misma en su reflejo. Era en verdad un Espejo muy especial, hecho por la Estrella a su medida.  

En el mismo instante que la luz salía de la Estrella, era reflejada por el Espejo, pues el Tiempo aún no había sido inventado. Y la luz era tan intensa, que el Espejo brillaba tanto como la Estrella, y tan rápida, que formaba un puente entre ambos, haciendo muy difícil distinguir la Estrella del puente o del Espejo ; porque los tres brillaban como si fuesen uno solo, dentro del enorme cuarto blanco.

La luz reflejada por el Espejo era tan clara y tan pura como la que recibía. Y el Espejo la devolvía toda, sin guardarse ni el más pequeño rayito, ya que toda la luz le pertenecía y no sabía lo que era la escasez. Y la Estrella amaba a su Espejo por ser tan fiel y tan honesto, y el Espejo amaba a la Estrella por darle tanta luz y hacerlo tan hermoso como ella.

 

Y así vivían felizmente juntos, el luminoso Espejo y la generosa Estrella.

Y sucedió que mucho, pero muchísimo después de haber sido colgado en el cuarto, el Espejo pensó que siempre había estado allí. Y de esta reflexión del Espejo nació el Tiempo, y lo primero que el Tiempo hizo fue recordarle al Espejo que siempre le había dado luz a la Estrella. Y el inocente Espejo pensó entonces que él producía la luz que reflejaba. Y creyó cierta esa tonta idea, porque venía de él.

-         Ahora veo claro –  se dijo el Espejo, encontrándose a sí mismo muy inteligente, más importante que la Estrella y capaz de separarse de ella. Y   creyó que, sin la luz que él le daba, la Estrella no brillaría, y el cuarto quedaría completamente a oscuras. Y en su orgullo comenzó a balancearse, primero un poquito a la derecha, luego otro tanto a la izquierda, después para arriba y para abajo, y luego hacia todos lados a la vez, tratando de controlar su reflejo y de dirigir el chorro de luz fuera del cuarto, para dejarlo en tinieblas. Y de repente se despegó de la luz y cayó, rompiéndose en millones de pedacitos.

Y cada fragmento del Espejo se encontró a sí mismo solo y separado de los otros, sintiéndose culpable por haberse caído, y muy asustado por lo que había hecho. Y la Culpa y el Miedo lo hacían verse diferente.  

 

 

Todos los fragmentos miraron tímidamente hacia la Estrella, temiendo su castigo. Pero ahora ninguno podía reflejarla por completo, así que la imaginaron de diferentes formas, según la parte de la Estrella que podían ver desde el lugar donde habían caído. Y comenzaron a pelear por ese motivo, cada quien defendiendo su punto de vista, elevando sus vocecitas chillonas. Y, en medio del alboroto, cada fragmento se halló por primera vez reflejado en los otros, y encontró a sus hermanos muy feos, viéndolos  a través de sus bordes rotos. Por un momento todos callaron, para luego gritar aún más fuerte. Y los pedacitos redondeados huían de aquellos con puntas afiladas, y los de forma triangular miraban recelosos a los de cuatro o más lados. Y todos gritaban cada vez más para ocultar su miedo, y ninguno se creía igual que su vecino.

Y la memoria de haber sido un solo gran Espejo se fue desvaneciendo en el Tiempo, a la vista de tantas diferencias. Pero quedó la nostalgia. Y los pequeños espejos comenzaron a agruparse de acuerdo a su aspecto, triángulos con triángulos y óvalos con óvalos, colocando la apariencia por encima de todo. Pero siempre quedaban espacios vacíos entre ellos, no importa cómo se agruparan. Y muchos se sentían solos o inconformes, aunque trataban de ocultarlo para no ser rechazados. Y cada grupo se creyó el mejor y trazó fronteras para diferenciarse de los otros, y los atacaba para defenderse. Y nadie quería a los fragmentos más pequeños o deformes, aunque eran mayoría.

Y por haberse caido, los espejitos mostraban ahora un lado brillante por encima y otro más oscuro por debajo, y se creían compuestos de luz y de sombra. Es verdad que algunos parecían más luminosos, bien porque reflejaban la luz de otra manera, bien  porque al caer quedaron sobre otro, y brillaban más gracias al de abajo. Sin embargo, la Estrella los veía a todos semejantes, y sobre todos derramaba por igual la misma amorosa claridad.

Pero los fragmentos se veían a sí mismos diferentes de cómo realmente eran, guiados por el reflejo mutuo, totalmente deformado por sus pobres bordes rotos. Y creían lo que veían. Y llenos de miedo se atacaban y se defendían, aproximándose a unos pocos para protegerse, buscando siempre con quien encajar mejor. Y, sintiéndose incompletos, cada pedacito usaba a los demás tratando de llenar la soledad que sentía, pero sin querer cambiar. Y sólo deseaban seguir siendo como eran, pero sin dolor.

Por su parte, la Estrella seguía recordando a su Espejo como era antes de la caída, por las muchas veces que se vió reflejada en él, y no quería barrer sus fragmentos y sustituirlo por otro. Entendía que los pequeños espejitos eran crueles y egoístas porque estaban asustados. Y su amor la mantenía unida a cada fragmento por un pequeño puente de luz refleja, delgado como un hilo. Y cada vez que los espejitos cambiaban de lugar, se acercaban unos a otros y se relacionaban entre sí, sus hilos de luz se cruzaban y unían sobre sus cabecitas, aumentando la claridad con la que veían.

Y eso era todo lo que la Estrella podía hacer por ellos, ya que el Espejo había causado voluntariamente su caída, cuando creyó posible lo imposible, y voluntariamente debía retornar a lo que había sido. Porque la Estrella lo amaba, aún estando roto, y no podía obligarlo a reflejar con amor su luz, si el Espejo no quería. Pues el amor no obliga. Simplemente, es.  

 

 

Entretanto, la Estrella aguardaba sin prisas a que cada pedacito encontrase su lugar dentro del inmenso rompecabezas, donde cada uno tenía un lugar especial que llenar … porque el Tiempo existía para el Espejo, no para la Estrella.

Después de numerosos intentos y combinaciones fallidas, luego de infinitas  experiencias dolorosas y esfuerzos aparentemente inútiles, poco a poco, desde los fragmentos más humildes, desde aquellos que tenían menos forma que perder, comenzaron a integrarse trozos cada vez mayores del antiguo Espejo. Y, al verlos crecer, los triángulos, redondeles y cuadrados encontraban cada vez más fácil dejar de estar solos. Progresivamente, los fragmentos iban aceptando a otros de aspecto diferente, ensanchando con ello sus grupos y sus puntos de vista, y al encajar unos con otros aumentaba la claridad con la que veían, y crecían, crecían, CRECIAN, dejando de ser ellos para ser más grandes. Y comprendían que, al ayudar a los demás, se ayudaban a sí mismos.

Al juntar borde con borde se borraban las diferencias, y veían más de sí y de los demás. Y los hilos de luz que los mantenían unidos a la Estrella se entrelazaban sobre ellos, formando cuerdas cada vez más fuertes. Y las cuerdas iban tejiendo un puente, y por el puente retornaba la memoria de lo que fueron. Finalmente, cuando el último pedacito solitario encontró su lugar entre los otros, todos los fragmentos unidos volvieron a mirar hacia la Estrella, pero esta vez sin miedo. Y sobre ellos la palabra ETERNIDAD destelló por un fugaz instante y desapareció, llevándose consigo al Tiempo. Y el Espejo volvió a ser nuevamente el que había sido, en una sola pieza, y tan radiante como la Estrella misma, reflejada de nuevo en todo su esplendor.

Lo sucedido fue para la Estrella cosa de un momento, pero el Espejo creyó que había tenido un largo sueño, del que despertó siendo más humilde y sabio. Y sólo entonces, cuando volvió a intentar expandir sus reflejos, éstos salieron del cuarto y llenaron el Universo con millones de estrellas, todas diferentes y agrupadas en mil formas distintas, que se alejaban y acercaban entre sí en lenta armonía. Y el movimiento de las estrellas evocaba el de los fragmentos, cuando trataban de unirse para volver a ser un solo Espejo perfecto. Porque la perfección es Una.  

Y así es como de un Espejo roto y del amor de una Estrella nacieron todas las luces del cielo, y esa es la razón por la que destellan y  cambian de lugar constantemente.

Y una estrella azul pequeñita, la tercera a partir de otra amarilla más grande, al oír esta historia se vió reflejada en ella, y suspiró débilmente. Y el Espejo oyó el suspiro de la estrellita y le sonrió amorosamente, tomando su débil luz sobre él y devolviéndosela cargada de sabiduría, una y otra vez. Y en cada ocasión un mensajero de esperanza nació en el seno de la pequeña estrella, siempre nuevo, siempre el mismo, repitiendo con paciencia su invariable mensaje de amor, mientras el Espejo continuaba brillando eternamente a la luz de su Estrella.

                                                                                  Gustavo Löbig Martínez

 

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Alida Ottengo Esoterismo / Tarot - Kabbalah

 
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